Buscando a YO -II-

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Cuando nos aproximamos peligrosamente a una edad  en la que tradicionalmente se ha convenido en trazar un meridiano para separar un antes y un después, es inevitable hacer balance. Si una se encuentra en ese punto y se ve sorprendida por una circunstancia como la que me ocurrió a mí, el resultado del análisis es mucho más desgarrador. Visto desde la perspectiva del fracaso, ¿me merecía un suspenso en proyecto vital? ¿Cómo afronta una mujer de mediana edad un cambio tan radical en las reglas del juego? ¿Cómo reconstruir una vida a partir de los añicos dejados por una voladura matrimonial?
En mi caso, me aferré a mis hijos. A mi trabajo. Y a mis amigas.
Siempre he sido muy crítica con la actitud de las recién divorciadas. De la noche a la mañana, parecen desesperadas por lucir una juventud ya perdida que no les hace ninguna justicia. Ansiosas por no volver a malgastar un segundo, se visten como veinteañeras, se maquillan como veinteañeras y se comportan como veinteañeras. Cuelgan fotos poniendo morritos en Facebook y se hacen selfies enseñando escote para sus perfiles de whatsapp. Temía transformarme en una de ellas sin darme cuenta, mimetizarme con el club de las separadas y adquirir sin ser consciente hábitos ridículos.
Sin embargo, en honor a la verdad, diré que ahora las entiendo mejor. No siempre es fácil dirigir la brújula hacia el norte. Hay casos tan devastadores que generan tal caos en nuestro magnetismo interno, que lleva tiempo volver a polarizar el cerebro y encontrar la senda. Yo tengo la inmensa suerte de contar entre mis amigas a tres mujeres que me ofrecieron su hombro cuando quise llorar, su consejo cuando necesité guía, su alegría cuando la risa se antojaba la mejor terapia. Me mantuvieron dentro del camino adecuado, colocándose como barreras para evitar un despiste que me despeñara montaña abajo.
Pero no puedo decir que fuera un camino cómodo. Cuando de repente, se rompe la rutina diaria que estructuraba nuestro día a día, sólo encontramos vacío. Atribuimos a las pequeñas cosas un carácter de esencialidad alrededor del cual hacemos girar nuestro universo: arriba, al cole, desayunad, rápido que llegamos tarde, no le pegues a tu hermano, el coche, los atascos, los minutos que vuelan y no me da tiempo, las llamadas encadenadas en el teléfono, tapear algo rápido para comer porque no puedo pararme, las visitas inesperadas de clientes, los papeles que se acumulan, emails sin contestar, corre que llego tarde a recoger a los niños, hoy toca inglés, voy a hacer la compra mientras espero que salgan, vámonos a casa, abróchate el cinturón, la cena, los baños, hola cariño, qué tal tu día, ¿has recogido la ropa del tendedero?
Ahora, giras la llave de la puerta, y la casa te recibe con un silencio ensordecedor. Plop. Una bomba nuclear ha caído en tu salón y no sabes cómo gestionar todo ese tiempo libre. De lunes a jueves tienes dos días en los que no eres necesaria y un fin de semana de cada dos. ¿Qué se hace con tanto tiempo para una misma? ¿Qué me gustaba hacer cuando tenía tiempo que dedicarme? Hay tantas opciones olvidadas que todas asustan por igual. Duele ser consciente de que has perdido tu identidad en el camino y hay que esforzarse seriamente para forzar el reencuentro. Unas tardamos más, otras menos. A mí me costó un año entero conocer a la extraña que habitaba en mí, aceptarla y hacerme su amiga. Ilusionarme con el reflejo que el espejo me devolvía cada mañana y emprender nuevos proyectos. Aprendí a quererme por encima de todas las cosas y me hice la promesa de que jamás volvería a traicionarme.

¿Y tú? Si alguna vez te has perdido, ¿cómo lograste reencontrarte?

2 Comentarios

  1. Mayte says:

    Al mi me costó más trabajo y más tiempo que a Salomé. Después de encontrarte piensas que no te volverás a perder, pero quién sabe …

    Fantástico Raquel. Como diría mi madre, “Da gloria leerte”

    1. Raquel Tello says:

      Nunca nos encontramos para siempre, porque evolucionamos con el pasar de los días.
      Por suerte.

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