Año nuevo, vida nueva -XIX-

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Un año tras otro, con el cambio de dígito en el calendario, la gente insiste en marcarse nuevos objetivos, nuevos retos que conseguir en los doce flamantes meses que aparecen después de las uvas. No importan los fracasos anteriores, no importa que los objetivos sean los mismos año tras año, el caso es empezar de nuevo, desempolvar la vieja vida y lucirla radiante, como si de un jersey recién sacado de la lavadora se tratara. Pero, ¿qué pasa si alguien te ha regalado un Gremlin por Navidad? ¿Es mejor ignorarlo y seguir tu camino como si no estuviera ahí? ¿O es siempre mejor afrontar su presencia, por incómoda que resulte, y aceptar que entre los propósitos del año nuevo debes añadir: “armarme de paciencia y sacar mi mejor sonrisa”?

Yo ya creía estabilizada mi relación con exmarido cuando él decidió introducir una nueva variable en juego. Lo consulté con la almohada. Durante varias noches. Básicamente, no me quedó otra opción porque por más que lo intentaba, no cogía el sueño. Las chicas habían sido contundentes y yo coincidía con ellas: necesitaba aclarar el asunto con Pedro, antes de que mis hijos tuvieran que convivir con su novia. Así que apuré hasta el límite, pero sabiendo que en un par de días les tocaría con su padre toda la semana, el 31 por la mañana, lo llamé. Descolgó a los dos tonos, era evidente que lo había despertado:

—Salomé, ¿qué ocurre? ¿va todo bien?

—Sí, perdona que te moleste tan temprano. Necesito hablar contigo —silencio al otro lado—. En cuanto puedas.

Se tomó un tiempo para contestar. Exmarido no era tonto, desde luego, y supongo que se imaginaba por dónde iban los tiros. Hablaba en voz muy baja, seguramente Maripossa con dos eses dormitaba a su lado, y nos citamos en apenas unas horas, en un bar de vinos que había cerca de casa, ideal para padres con hijos por su estratégica ubicación cerca de un pequeño parque infantil.

Ya estaba sentado en una mesa al sol cuando llegamos. Los niños lo saludaron y se perdieron en los columpios. Pedí una copa de Ribera del Duero y encendí un cigarrillo. Pedro me miraba, diría que estaba nervioso, así que fui directa al grano:

—Los niños me han contado que vas a vivir con una mujer.

Bajó la mirada y suspiró:

—Tenía que habértelo dicho —dijo él, con la voz de corderito degollado que utilizaba cuando aún estábamos casados y yo me enfadaba por algo.

“Tenía que habértelo dicho”. Sin demasiado convencimiento, como el niño que con un pucherito consigue que mamá le dé un besito en la pupa y le diga “sana, sanita”.

—Sí, claro que tenías que habérmelo dicho. Entiéndeme, Pedro, no tengo ningún interés en fiscalizar tu vida privada, pero si vas en serio con alguien, creo que tengo que saberlo. Tenemos dos niños aún muy pequeños, que van a tener que convivir con ella, y no la conocen de nada.

—Sí, sí, te entiendo. Pero no te preocupes, todo saldrá bien. Maripossa adora a los niños.

Joder. Me mordí el labio inferior y tuve que desviar la mirada a otro lado. Escuchado de labios de mi exmarido sonaba aún más ridículo. Debió de leer mi pensamiento porque añadió:

—No le gusta su nombre real, por eso lo de Maripossa.

Me entraron ganas de responderle que no creía que hubiera ningún nombre peor que Maripossa, pero eso habría sido cruel. Sólo le dije:

—¿Te has parado a meditarlo bien? Vas a meter a alguien en sus vidas, espero que no vayas a ir cambiando con cada estación. Sería otro fracaso para ellos.

—No, no es mi intención. Bueno, llevamos saliendo juntos un año y ella quería formalizarlo.

—Un año. Vaya, casi desde nuestro divorcio.

Exmarido me conocía y supo qué era lo que le estaba preguntando, así que no tardó en confirmar:

—Sí, se trata de ella.

No me sorprendió. No sé por qué había intuido desde el principio que se trataba de chica Thermomix. Pero saqué mi sentido práctico y desvié la conversación al tipo de cosas que no iba a permitir en aquella convivencia, acordando unas reglas comunes que protegiera a mis hijos en caso de que Maripossa resultara ser en realidad un Pteranodon del Cretáceo. Y una vez alcanzado el acuerdo, no hubo mucho más que decir. Llamamos a los niños y antes de despedirnos, me dijo:

—Deberías conocerla. Así te quedarías más tranquila.

Y aunque fuera lo que menos me apetecía del mundo, puse mi mejor sonrisa y acepté. Tenía que hacerlo, por mis hijos. Nos marchamos, deseándole un feliz año nuevo y llegamos a casa con el tiempo justo de tomar algo ligero y prepararnos para la Nochevieja. Mariluz nos había invitado a las chicas y a mí a la cena que organizaba para varios amigos en su casa. Así que nos vestimos elegantes, mis hijos con unas adorables pajaritas infantiles de Eva Marae, y antes de las ocho salimos para casa de mi amiga. Me recibió con un abrazo, me puso una copa de champán en la mano, y sin darme tiempo de quitarme el abrigo, me presentó a aquéllos que no conocía. Vi a mis hijos presumir de sus pajaritas de los Minion y Picachu antes de perderse correteando por la enorme casa de Mariluz con los demás y me relajé, por fin. El marido de Mariluz, Josema, dejaba constancia gráfica del momento:

—Chicas, momento del photocall. Al sofá, ahora que todavía estáis decentes.

Nos hicimos la foto de rigor, y me dispuse a pasarlo en grande aquella noche y a dejar las preocupaciones a un lado. Antes de desconectar del mundo, miré mi móvil. Tenía un mensaje de Eme:

“Feliz año nuevo, princesa”

Sonreí. Estaba en línea, así que le contesté.

“Feliz año nuevo, amor”.

Él sabía que lo pasaba con las chicas, así que me envió:

“Diviértete. Te quiero”.

Le respondí “Tú también. Yo más.” y ya estaba metiendo el móvil en el bolso, colgado en el perchero, cuando recibí:

“Eso es imposible, amor. No sabes lo que dices”.

Sonreí. Reconfortaba saber que al menos algo bueno me reservaba el 2017.

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