el amor platónico de Diana -XXXIV-

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Aunque tal y como lo concibieron Sócrates y Platón, el Amor era el impulso que nos movía a buscar la esencia de la Belleza, que existía tan sólo en el mundo de las Ideas, lo cierto es que más de dos mil años después, con la expresión amores platónicos venimos a referirnos a los amores imposibles. Por cualquier causa: no correspondidos, inaccesibles, o…inconvenientes. Cuando somos conscientes de que hemos encontrado a una persona con la que establecemos esa conexión perfecta y única, esa pieza que encaja en nuestro puzzle, ¿hasta qué punto es inteligente arriesgarlo todo por un disfrute más prosaico del cuerpo? ¿No sería mejor conservar ese amor en estado puro que correr el riesgo de desvirtuarlo por una noche de placer? Y también podría hacer la pregunta contraria: si se trata de un amor tan sincero y tan puro, ¿en qué podría perjudicarle un poco de aderezo carnal?

Mi amiga Diana me llamó a mitad de la semana para avisarme de que había organizado una cena con su comisario, por fin de vuelta en España, y acordamos que me pasaría por su casa con cualquier excusa para conocerlo. La noche de autos, llegué una hora antes de la cena, para ponerla al día de todo lo vivido con Eme en Portugal; a mí me encantaba contarlo y  ella se moría por escuchar el relato. Sentadas en su terraza y disfrutando de un par de cervezas mientras le narraba el día de amor con mi chico, la observaba mirar su reloj de pulsera disimuladamente, incapaz de ocultar su impaciencia. A la hora convenida, sonó el porterillo, y mi amiga se puso en pie de un salto. Llevaba un vestido entallado con motivos japoneses y el pelo recogido en un moño bajo que resaltaba sus grandes ojos.  Hicimos como convenido, abrimos la puerta, y nos situamos en el rellano a “terminar” una conversación trivial que habría de durar hasta que él apareciera abriendo la puerta del ascensor.

A Diana le brillaban los ojos, no sabría decir si por la emoción de la conspiración, por el hecho de que alguien fuera a conocer por fin al amor de su vida, o porque estaba a punto de volver a verlo. Quizás por todo un poco.

Al fin llegó el ascensor a la quinta planta donde vivía mi amiga. Él no pareció sorprendido, al contrario, sonrió sinceramente y me dirigió un “buenas noches” antes de darle un sólo beso en la mejilla a Diana. Luego, me miró a mí y Diana nos presentó:

—Mira, querido, ésta es mi amiga Salomé, te he hablado mucho de ella —él enarcó las cejas, estableciendo conexiones, y extendió su mano para saludarme.  Desde luego tenía una mirada cautivadora—. Ha venido a devolverme unas cosas que le dejé prestadas, ya se iba…

Él frunció el ceño y añadió:

—De ningún modo voy a consentirlo. ¿Por fin tengo la suerte de conocer a Salomé y sólo voy a cruzar con ella un saludo? —dirigió su mirada hacia mí—. ¿Por qué no te quedas a cenar con nosotros?

Miré a Diana, que se encogió de hombros sonriendo, poniendo la pelota en mi tejado. La verdad era que me hacía gracia ver la complicidad de aquellos dos, y empezaba a dudar de que mi amiga no hubiera contado desde el principio con que las cosas iban a suceder así, parecían conocerse demasiado bien. Hice una llamada a la canguro para asegurarme de que estaba disponible un par de horas más y acepté encantada.

Catusa acudió a la voz del hombre que una vez fue su dueño y se alojó entre sus piernas para el resto de la noche. Diana curioseaba la bolsa que había traído su invitado, sacando el contenido, mientras él daba las explicaciones: un par de botellas de Sauvignon Blanc bien frías, una caja de ostras frescas y una botella de vino de naranja.  Yo los observaba maravillada: el tipo se desenvolvía en aquella cocina con familiaridad —sabía muy bien donde encontrar todo lo necesario:  copas, abridor, fuentes de servir—, y se manejaba con desparpajo por su piso, me atrevería a decir que también por su vida. Desprendían un curioso magnetismo: era cierto que se dirigían miradas cargadas de deseo, lo pillé repasando con los ojos a Diana de arriba a abajo en más de una ocasión, y a ella disfrutar sabiéndose deseada, pero no era menos cierto que compartían una camaradería propia de los amigos de toda la vida, diría más, de los hermanos.

Nos sentamos en la terraza, ya había anochecido y la temperatura era muy agradable, y escuchamos a aquel hombre narrar con maestría de orador clásico los días vividos en tierras africanas, al tiempo que dábamos cuenta de una deliciosa y ligera cena a base de las ostras traídas por él y un delicioso rodaballo al horno que había preparado Diana. Pude entender que mi amiga se hubiera enamorado de aquel hombre: era culto y elegante, y muy atento con nosotras: no dejó que nuestras copas de vino estuvieran vacías ni un sólo instante y fue dirigiendo los tiempos de la cena como si el verdadero anfitrión fuera él y nosotras sus invitadas. Diana le dejaba hacer encantada, otorgándole un papel que yo suponía que deseaba con toda su alma, y que él había asumido con la naturalidad con la que una se pone las zapatillas al llegar a casa.

Retiramos los platos y nos metimos dentro para la sobremesa. Diana me preguntó si quería una copa, pero una mujer siempre sabe cuándo es el momento oportuno para retirarse, así que me despedí de él con la promesa de repetir en el futuro y dejé que mi amiga me acompañara hasta la puerta. Una vez a solas me miró inquisidora, quería un veredicto. Le dí un abrazo y un beso y sentencié:

—Me encanta, Di. A por todas.

Ella sonrió y cerró la puerta. La noche todavía duraría unas horas más para ellos. Me alegré por mi amiga y salí a la calle dispuesta a pasear hasta mi casa. Levanté la cabeza hacia el cielo y miré las estrellas. ¿Dónde estaría mi amante portugués en aquel momento?

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