Y afuera, la playa -XXXII-

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Cuando estamos enamoradas, no existe la saciedad. Siempre queremos más. Cada nueva pincelada que la otra persona nos revela de ella misma, se suma a la lista de motivos por los que estar perdidamente coladas por sus huesos, y justo cuando creemos haber llegado al límite, nos sorprende con algo que nos demuestra que siempre cabe otra vuelta de tuerca más. ¿Existe algún tipo de tope al que llegar? ¿Esperamos inconscientemente ese punto de retorno en el que las cosas comenzarán a girar hacia el otro lado? ¿En qué momento ocurrirá? ¿Quizás cuando la otra persona deje de sorprendernos?

Fue inútil demorar más mi respuesta a su proposición: un día entero compartido en la intimidad de cuatro paredes, aunque esas cuatro paredes fueran suyas, me parecía muy difícil de rechazar. Cuando al día siguiente, y después de sus corporativos “buenos días, princesa”, Eme me preguntó si había decidido algo con respecto a su ofrecimiento, no lo dudé: “Acepto con reservas, pero me pueden más las ganas de ti que tengo”. Eme parecía feliz, como si nunca hubiera contado con que le dijera que sí. “Amor, te quiero a morir”, me dijo, “Organízate y me dices cuándo te viene bien”. Y así lo hicimos. Me faltó tiempo para echar un vistazo a mi agenda, programar el día que menos se notaría mi ausencia en el trabajo y hacerlo coincidir con uno de los días que los niños estarían con exmarido.

Por primera vez le di a Eme la dirección de mi piso para que pasara a buscarme. Habíamos quedado a las nueve, pero yo no había pegado ojo desde las cuatro de la mañana de puros nervios. Llegó puntual, me monté en su coche y salimos de Sevilla por la A-49 sin aún creerme del todo que tendríamos todo un largo día por delante solo para nosotros dos.

Por el camino, charlamos mientras escuchábamos música de su móvil, conectado a la radio del coche. Su mano derecha apoyada en mi pierna hacía que se me pusiera la piel de gallina. Me sentía feliz, y a él lo veía relajado como nunca antes. Le propuse varios juegos para pasar el rato en carretera, deformación de mi faceta de madre, que me mostraron su lado más infantil y risueño. No recordaba haberlo visto reír a carcajadas, y empecé a enamorarme perdidamente de aquel hombre que irremediablemente iba clavando su bandera en mi corazón.

Cruzamos a Portugal pasadas las diez y media, y paramos a tomar un café. Bajamos del coche abrazados, besándonos a cada momento, y sólo me soltó la mano cuando le dije que necesitaba ir al baño. Al cabo de una hora más de camino, dejó la autopista y se desvió a la izquierda hacia Guía. Cruzó el pueblo en dirección a la playa hasta que llegamos a la Estrada da Galé, una zona residencial en primera línea de playa. Aparcó frente a la puerta de una casa blanca de formas redondeadas con la verja amarilla. Me dijo que hacía unos cinco años que la había comprado, pero que Gloria solo había estado un par de veces allí. Él y su hija habían aprovechado algunos fines de semana en los que su mujer había subido a Madrid a visitar a sus padres, pero en general, era una casa bastante nueva para todos. Decidí ignorar el prurito de dignidad que me había asaltado al mencionar a su mujer y entramos sin ceremonia en el que iba a ser nuestro refugio de amor ese día. En Portugal, aún no eran las once.

La casa estaba amueblada de forma sencilla: un amplio salón con un ventanal que daba a una terraza, una cocina con barra americana y dos habitaciones. Pregunté si tenía algo de beber y me sorprendió con una botella de Verdejo que sacó del frigorífico. Nos sentamos fuera, en la terraza, muy juntos en un banquito con cojines a fumar un cigarro, a disfrutar de las vistas y del sonido de las olas. Eme se descalzó y se quitó los calcetines. Yo hice lo propio con mis medias, a ambos nos gustaba sentir la suave brisa entre los dedos de los pies. Acurrucada entre sus brazos, lo escuché decir:

—Me has hecho muy feliz al venir aquí. Significa mucho para mí.

Me giré hacia él y lo besé, y él respondió al contacto con lentitud, saboreando mis labios, hasta que nuestros cuerpos necesitaron reforzar el contacto, y pasé mis piernas sobre las suyas, sentándome sensual a horcajadas sobre él. Lo miré largamente, y él respondió a la intensidad de mi mirada acariciándome la mejilla. Creo que nunca nos habíamos dicho tantas cosas sin hablar. Me incliné sobre su boca, disfrutando con el contacto pausado de su lengua, hasta que él comenzó a bajar por mi cuello y me preguntó:

—¿Vamos adentro?

Pero yo lo retuve.

—No, me muero por hacerlo al aire libre.

Durante una fracción de segundo pareció valorar la posibilidad de que alguien nos viera, pero antes de que pusiera objeciones ya le estaba bajando la cremallera del pantalón. Metí mi mano por debajo del vestido y me aparté las braguitas, y colocándome sobre él comencé a moverme rítmicamente, mientras lo miraba echar la cabeza hacia atrás y entregarse a aquel conjunto de sensaciones que  yo rememoraría tantas y tantas veces después.

Con mi melena desparramada sobre su hombro, mi nariz en la base de su cuello, y sus manos rodeándome las caderas, obligándome a retenerlo dentro de mí, me susurró al oído:

—Siempre mía, siempre tuyo, siempre nuestro.

Eran tan sólo las doce de la mañana.

3 Comentarios

  1. Rebeca says:

    Ay madre mía…..¡¡Que bonito!! Muero de amor con los dos…😍😍😍😍

    1. Raquel Tello says:

      Que hacía falta ya un poquito de romanticismo en esta historia! No te pierdas el siguiente, Rebeca! Te vas a acabar de enamorar de Eme!!

      1. Rebeca says:

        Todavía más?? Ayyyy….que sea lunes yaaa!! 😂😂😂

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