Acariciar a la gata (bis) -Una batalla ganada -XIV-

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Diana me miraba de un modo que yo no recordaba. En el fondo de sus ojos había un chisporroteo victorioso que me daba por rendido, y por entregado el fuerte de mis deseos. Así sentada como estaba sobre mis rodillas, y con su índice jugando con el cabo de la lazada que, de manera tan precaria apuntalaba aquel entramado de tela beige de su batín, ocultando aquello que ya no quería ocultar por más tiempo, parecía una escena de película en pantalla gigante.

Su aliento de mentol y tabaco que notaba tan cerca, cambió al de madera de roble, apenas le hubo dado un sorbo a su vaso de whisky. Nos miramos largamente y en silencio, mientras sonaba de fondo el Bossa Sensual Lounge que pusiera al entrar, justo tras descalzarse, en ese instante en el que se había propuesto mi captura.

Catusa, que nos miraba sin pestañear, observó como el vaso volvía hasta sus labios y luego los posaba sobre los míos para liberar en mi boca parte del licor. La tensión erótica acababa de romper todas las barreras posibles. Poco o nada le quedaba ya que hacer al expolicía en este caso de abuso de autoridad erótica, con agravantes de años de conocimiento, de intimidad fraterna y de multitud de vivencias en las que hasta ese momento, habíamos mantenido el deseo a raya.

El Cardhu inundó cada centímetro de mi boca. Noté como me abrasaba la mucosa y no era, ya lo creo, lo único que comenzaba a sentir muy por encima de su temperatura de crucero.

Diana esperaba agazapada mi siguiente movimiento. Nuestros labios juntos, nuestras bocas entreabiertas y, sus ojos como dos balcones a la calle, abiertos de par en par, esperando no perderse ni un solo detalle de mis reacciones. Creo que si le hubieran dado a elegir entre este momento y tenerme entre sus piernas, sin duda habría elegido esto.

La suerte estaba echada, o al menos eso creí yo, que acababa de darme por rendido y subía despacio mi mano por su espalda, cuando el tono de llamada de mi teléfono nos sacó del trance. Ella había visto en la pantalla que el que me llamaba era Ramón Colau, amigo común y hoy profesor de historia en la Facultad de Ciencias de la Comunicación, antes Periodismo.

Ambos sabíamos que no eran horas de llamar, salvo que estuviera ocurriendo algo grave.

—Coge a Ramón anda. A ver qué tripa se le ha roto.

Tras intercambiar con él cuatro frases y anotar una dirección me levanté.

—Tengo que ir en su ayuda. Parece que está en un garito en Sevilla Este y hay algún problema.

Sonrió con la dulzura de la victoria y tomó mi rostro entre sus manos.

—Ésta me la debes —me dijo tras besarme y como despedida.

Catusa se quedó en prenda con ella.

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