(t3) La edad de las decisiones absurdas -VII-

Posted on

Está claro que la vida es un camino que vamos conformando con cada elección. Hay decisiones con menor relevancia, como tomar café solo o con leche, y decisiones que pueden marcar tu futuro considerablemente. Estas últimas, las que cuentan, las que sabes que son trascendentales para el resto de tu vida, ¿tienen edad? Es decir, hay situaciones que te harían dudar con veinte años, pero que con treinta tomarías de otra forma, y con cuarenta de otra completamente diferente. ¿Quiere decir esto que la solución al mismo problema cambiaría sólo y exclusivamente por  pertenecer a uno u otro rango de edad? ¿Y quizás, también, que los problemas pueden dejar de ser considerados problemas si aplicamos también este factor de la edad? ¿La edad relativiza o nos vuelve más sabios? ¿Más sabios es igual a más aburridos?

Bajé de la terraza sin volverme atrás. La noche trianera me recibió con un viento frío en la cara que arriba, junto a las estufas de calor, no había notado. Paré un taxi. Adoro los taxis. Levantar la mano y no tener que preocuparme de gasolina, tráfico o aparcamiento y viajar pudiendo distraerme. Pero aquella noche fue distinta. A pesar de que no me había quedado otra alternativa, de que mi moral, mi orgullo y mi dignidad como mujer habían hablado alto y claro, sentía un pellizco en el estómago que ni el mejor Almax de los sentimientos podría deshacer. ¡Qué pena que Eme no fuera capaz de decidir dar el paso! ¿Cómo podía un hombre como él ser tan cobarde en este terreno, por todos los santos?

Había dado mi dirección sin darme cuenta, y tuve que pedir al taxista que me acercara dos calles más abajo, hasta la casa de Emi, para recoger a mis hijos. Le pedí que esperara unos minutos, para que nos acercara a casa, si le interesaba esperar. El hombre, de unos cincuenta y pocos años y con la foto de una oronda pelirroja y dos criaturas con el pelo zanahoria en el parasol, accedió encantado.

—En tiempos como estos, que está la cosa tan complicada, claro que la espero, señora —fue su respuesta.

Subí al piso de Emi, que me abrió la puerta liada en una bata rosa, gastada y descolorida.

—¿Cómo puedes ser tan cursi, amiga, y a la vez tan de pueblo? —le pregunté dándole dos besos.

—¿Por qué lo dices? ¿Por la bata?—replicó Emilia—. Pues no sé vivir sin ella. ¿Tú sabes lo calentita que es una batita de invierno?

Pasamos adentro. Paco veía algo en la tele que lo tenía absorto  y mis hijos jugaban con el de ella en la habitación. La pequeña Cristina ya hacía rato que dormía.

—No puedo quedarme, amore, tengo un taxi esperando abajo.

—¿No te lleva Eme a casa? —me preguntó Emi, guiándome hasta su cocina.

—No —respondí, un poco contrariada.

Cuando una decide algo, sería genial que los demás se actualizaran a tu nueva forma de ver el mundo en lugar de tener que andar dando explicaciones de algo que ya está más que madurado en tu interior. Emi me miraba sin comprender,  pidiendo a gritos explicaciones, sin abrir la boca.

Le hice un breve resumen: que Eme seguía en el mismo plan, que yo no quería volver a lo mismo, a aceptar las migajas que pudiera darme y que le había dado un ultimátum: si no estaba dispuesto a divorciarse, yo no podría ser más que su amiga.

Emi pareció sorprenderse. Supongo que era extraño verme con tanta fuerza en mis decisiones cuando se trataba de Eme. Ni yo misma lo entendía.

—Pero no sé, nena —continué—, me siento absolutamente desnuda. Es como si voluntariamente me hubiera quitado mi abrigo de esquimal para salir a comenzar una travesía por el polo norte. Igual me he vuelto loca.

—No, no te has vuelto loca. Es normal que te sientas así. Eme es tu batita de invierno. Estar con él te reconforta, te hace bien, te sientes querida. Siempre calentita. Pero es una bata vieja y tiene el tejido gastado. En cualquier momento se iba a romper, no podía durar mucho más. Sin embargo, eso no quita que cuando estás envuelta en la bata, te sientas fenomenal…

Emi y sus comparaciones.

—No puedo quedarme —insistí— tengo el taxi esperando, cariño. ¿Podemos discutirlo otro día?

—Estoy embarazada —me dijo entonces.

Me quedé en estado de shock. Tuve que parpadear varias veces para volver a la realidad y creerme lo que acababa de escuchar. No me salían las palabras. Emi debió de notármelo, pero me dejó recomponerme.

—Evidentemente no es de Paco —comenté, sólo para salir de dudas.

—Evidentemente.

El aludido seguía ajeno a tan trascendente conversación, el mando de la tele en una mano, y un vaso de cerveza en la otra.

—¿De quién es? —le pregunté en apenas un susurro.

Emi negó con la cabeza.

—No tengo ni idea —me respondió—, supongo que será de mi último tinderligue. Pero no lo sabré hasta que no vaya al ginecólogo.

—Joder, Emi, ¿cómo ha podido pasar? —no daba crédito—, ¿embarazada?

—No vayas a salirme con el sermón de poner precauciones, que seguro que tú con Eme o con Coque también habrás tenido tus noches locas.

Mi amiga tenía razón, ninguna estábamos inmaculadas en lo que a sexo seguro se refiere. Pero, joder, ¿embarazada? ¿con cuarenta y tres años? ¿de ni siquiera sabes quién, y encima, casada?

Me di cuenta de que no dejaba de andar por la cocina de mi amiga, arriba y abajo, y de que me había encendido y fumado un cigarrillo que se apagaba ya, quemándome los dedos.

—Joder —puse la colilla debajo del grifo del fregadero y tiré la colilla a la basura.

Miré a Emi, mordiéndome el labio inferior. La carrera del taxista me iba a salir por un pico.

—¿Y qué piensas hacer?

0 Comentarios

Deja un comentario

Tu dirección de email no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.